Cuando alguien descubre MouthX, muchas veces me pregunta cómo surgió la idea. Supongo que la mayoría imagina una sala llena de ingenieros, pizarras repletas de esquemas o una empresa tecnológica buscando desarrollar el próximo gran producto innovador. La realidad fue mucho menos espectacular y mucho más humana.
MouthX nació porque yo necesitaba recuperar una pequeña parte de mi vida.
En 2014 una enfermedad autoinmune me cambió la vida para siempre. Pasé de ser una persona completamente independiente a depender de los demás para prácticamente todo. Perdí la movilidad de casi todo mi cuerpo y pasé más de un año ingresado entre la UCI del Hospital Vall d'Hebron y el Institut Guttmann. Durante mucho tiempo no pude hablar con normalidad, no podía comer por la boca, no podía moverme y necesitaba un respirador las veinticuatro horas del día para seguir respirando.
Aquel mundo se redujo de golpe a una habitación, a una cama y a la ayuda constante de otras personas.
Con el tiempo recuperé algunas capacidades. Hoy puedo hablar, puedo comer, puedo salir, puedo trabajar y puedo disfrutar de muchas cosas que durante aquellos meses parecían imposibles. Pero sigo sin poder mover mi cuerpo y sigo necesitando asistencia para muchas actividades del día a día.
Y fue precisamente ahí donde apareció una realidad de la que apenas se habla.
Cuando alguien pierde movilidad, la mayoría de la gente piensa inmediatamente en caminar. Yo también lo pensaba. Sin embargo, con los años descubrí que lo que más echaba de menos no era caminar. Lo que más echaba de menos era decidir.
Decidir cuándo encender una luz.
Decidir cuándo responder un mensaje.
Decidir cuándo cambiar de canal.
Decidir cuándo consultar una noticia.
Decidir cuándo llamar a alguien.
Puede parecer algo insignificante para quien lo hace cientos de veces al día sin darse cuenta, pero cuando necesitas pedir ayuda para cada una de esas acciones, empiezas a comprender que la independencia no está formada por grandes gestas. Está formada por miles de pequeños gestos cotidianos.
Durante años me esforcé por reconstruir mi vida. Empecé a dar charlas, participé en proyectos con TV3, viajé, conocí gente maravillosa y aprendí a adaptarme a una realidad que nunca había elegido. Desde fuera podía parecer que volvía a tener una vida activa, y en parte era cierto. Pero había una barrera que seguía ahí.
La tecnología avanzaba a una velocidad impresionante y yo me estaba quedando atrás.
Especialmente cuando salía de casa.
Mientras todo el mundo llevaba un ordenador en el bolsillo, yo seguía encontrando enormes dificultades para utilizar un teléfono móvil de forma autónoma. Tenía las necesidades muy claras. Sabía perfectamente lo que me faltaba. Lo que no tenía eran los conocimientos técnicos para construir la solución.
Y entonces apareció Narcís.
Nos conocimos en una competición relacionada con el desarrollo de vehículos autónomos en la que colaboraban TV3, SEAT y diferentes universidades. Yo participaba manejando un coche de radiocontrol con la boca. Aquel día Narcís se fijó en mí. Le llamó la atención la precisión con la que podía controlar el vehículo utilizando únicamente los movimientos de mi boca.
Después me propuso ayudarme a mejorar un mando de Scalextric adaptado que yo utilizaba por aquel entonces. Era un mando diseñado por Maurizio Ferrari, antiguo ingeniero de Michael Schumacher, y para mí era una herramienta fantástica. El problema era que solo servía para conducir coches de Scalextric.
Recuerdo perfectamente aquella conversación porque cambió muchas cosas.
Cuando Narcís me habló de mejorar el mando, yo le respondí algo muy sencillo:
—Tengo otros problemas mucho más importantes que un mando de Scalextric.
Y entonces empezamos a hablar.
Hablamos de autonomía.
Hablamos de independencia.
Hablamos de dignidad.
Hablamos de todas las pequeñas barreras invisibles con las que convivimos las personas con movilidad reducida.
Aquella conversación duró unas horas.
Sus consecuencias ya duran años.
Porque en aquel momento no nació una empresa. No nació un producto. Ni siquiera nació una idea de negocio.
Lo único que nació fue una pregunta:
¿Y si pudiéramos aprovechar los movimientos que todavía conservamos para controlar la tecnología?
A partir de ahí comenzó un camino largo, lleno de errores, prototipos que no funcionaban, pruebas interminables y muchas horas de trabajo. Más tarde se incorporó Víctor y el proyecto empezó a crecer. Poco a poco fuimos transformando una necesidad personal en una solución tecnológica real.
Lo que al principio parecía un problema exclusivamente mío resultó ser un problema compartido por miles de personas.
Personas con ELA.
Personas con lesión medular.
Personas con distrofias musculares.
Personas con parálisis cerebral.
Personas con enfermedades neuromusculares.
Personas que, como yo, no habían perdido las ganas de vivir, estudiar, trabajar, jugar o comunicarse, pero sí habían perdido las herramientas para hacerlo de forma autónoma.
Fue entonces cuando entendimos que MouthX podía llegar mucho más lejos de lo que habíamos imaginado.
Por eso, cuando veo a alguien utilizar MouthX por primera vez, no pienso en sensores, algoritmos ni tecnología. Lo primero que miro es su cara.
Porque hay un instante muy concreto que se repite una y otra vez.
Ese momento en el que una persona descubre que vuelve a controlar algo por sí misma.
A veces es un simple movimiento del cursor.
A veces es un mensaje enviado sin ayuda.
A veces es una partida de videojuego.
A veces es una llamada a un familiar.
Pero detrás de todos esos gestos hay algo mucho más importante.
Hay autonomía.
Hay dignidad.
Hay libertad.
Por eso siempre digo que MouthX no nació para demostrar lo que la tecnología es capaz de hacer.
Nació para demostrar lo que las personas pueden recuperar cuando la tecnología se pone realmente a su servicio.
Y esa sigue siendo, a día de hoy, la razón por la que seguimos trabajando cada mañana.